El último hombre

El último hombre

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A medida que la fiebre se apoderaba de mi sangre me asaltaba el deseo irreprimible de caminar. Recuerdo que el sol se había puesto ya tras el quinto día de mi naufragio cuando, sin propósito ni destino, abandoné la ciudad de Ravena. Debía de hallarme muy enfermo. De haberme poseído más o menos delirios, tal vez ésa habría sido mi última noche, porque mientras seguía andando por las orillas del Mantone, cuyo curso ascendente yo seguía, observaba con anhelo el caudal del agua, pensando que sus ondas cristalinas podrían aliviar mis penas para siempre. No entendía que me hubiera demorado tanto en buscar en ellas protección contra las flechas envenenadas del pensamiento, que me desgarraban una y otra vez. Caminé sin detenerme gran parte de la noche, hasta que el cansancio excesivo venció mi repugnancia a entrar en los aposentos deshabitados de los de mi especie. La luna menguante, que acababa de salir, me mostró una casa de campo, cuya entrada pulcra y jardín bien cuidado me recordaron los de mi Inglaterra natal. Descorrí el cerrojo de la puerta y entré. Lo primero que encontré fue la cocina, donde guiado por los rayos de la luna, encontré los utensilios necesarios para encender una luz. Junto a la cocina había un dormitorio. La cama cubierta con sábanas de blancura nívea, la madera apilada en el hogar y la mesa dispuesta como si estuviera a punto de tener lugar una cena, casi me llevaron a creer que allí había encontrado lo que llevaba tanto tiempo buscando: un superviviente, un compañero de soledades, un solaz a mi desesperación. Pero me resistí al engaño. El aposento en sí mismo estaba vacío, y me repetí que recorrer e inspeccionar el resto de la casa era sólo un acto de prudencia. Imaginaba que yo mismo era una prueba contra tal expectativa, pero de todos modos mi corazón latía con fuerza cada vez que acercaba la mano a un tirador, y se encogía de nuevo cuando hallaba las estancias vacías. Oscuras y silenciosas, eran como criptas. De modo que regresé a la primera cámara, preguntándome qué fantasma invisible lo habría dispuesto todo para mi cena y mi reposo. Acerqué la silla a la mesa y examiné las viandas que me disponía a comer. En realidad se trataba de un festín de la muerte. El pan se veía azul y mohoso, el queso se había convertido en un montículo de serrín. No me atreví a examinar el resto de los platos. Una tropa de hormigas avanzaban en formación doble sobre el mantel. Los utensilios estaban cubiertos por una pátina de polvo, con telarañas en las que colgaban miríadas de insectos muertos. Todos esos objetos demostraban lo falaz de mis expectativas. Las lágrimas asomaron a mis ojos. Sin duda esa era una muestra caprichosa del poder destructor. ¿Qué había hecho yo para que todos mis nervios sensibles fueran a diseccionarse de ese modo? sin embargo, ¿por qué quejarme más que antes? Esa casa vacía no mostraba ninguna desgracia nueva: el mundo estaba vacío. La humanidad estaba muerta, lo sabía bien; ¿por qué luchar entonces con una verdad sabida y rancia? Con todo, como he dicho, en el corazón mismo de mi desesperación había albergado esperanzas, de modo que toda nueva impresión de la realidad descarna-da atacaba mi alma con un nuevo zarpazo, recitándome una lección aún no estudiada, y ni el cambio de lugar o de tiempo bastaba para aliviar mi tristeza. Así, lo mismo que entonces, debería seguir yendo de un lugar a otro, día tras día, mes tras mes, año tras año, mientras viviera. Apenas me atrevía a imaginar durante cuánto tiempo más seguiría existiendo. Cierto era que ya no me encontraba en la primera flor de la vida, pero tampoco llevaba mucho tiempo descendiendo por el valle de los años. Se decía que mi edad era la mejor de la vida: acababa de cumplir los treinta y siete. Mis miembros se encontraban en tan buena forma, mis articulaciones tan engrasadas como cuando trabajaba de pastor en las colinas de Cumbria. Con esas ventajas me disponía a iniciar la marcha por el camino solitario de la vida. Aquellas eran las reflexiones que se colaron de noche en mi sueño.


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