El último hombre
El último hombre Pero la sorpresa fue momentánea. Percibí que era yo mismo, que me miraba desde un gran espejo situado al fondo del salón. No era raro que el amante de la principesca Idris no se reconociera a sí mismo en el triste objeto allí proyectado. Mis ropas desgarradas eran las mismas con las que había caído al agua, con las que había nadado por el mar tempestuoso. Largos mechones de pelo enredado caían sobre mi frente y mis ojos oscuros, ahora hundidos y desorientados, brillaban bajo las cejas. La ictericia que por efecto de la desgracia y el abandono blanqueaba mis mejillas, impregnaba mi piel, medio oculta por una barba de varios días.