Frankenstein

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Así intentaba la pobre niña consolarnos a nosotros y mitigar su dolor. Consiguió la resignación que buscaba. Pero yo, el verdadero asesino, sentía viva en mi seno como una carcoma que imposibilitaba toda esperanza o sosiego. Elizabeth también lloraba entristecida; pero la suya era también la aflicción del inocente, como la nube que puede oscurecer la luna un breve rato pero no logra apagar su fulgor. La angustia y la desesperación se habían apoderado de mi corazón, y me abrasaba en un fuego que: nada podía apagar.

Permanecimos con Justine varias horas, y Elizabeth no logró, separarse de ella sino con gran dificultad.

—Quiero morir contigo —gritaba—, no puedo vivir en este mundo lleno de miseria.

Justine procuró adoptar un aire de alegría, pese a que apenas podía contener las lágrimas. Abrazó a Elizabeth y, con voz ahogada por la emoción, dijo:

—Adiós, mi querida señora, mi dulce Elizabeth, mi amada y única amiga. Que el cielo la bendiga y que sea ésta su última desgracia. Viva, sea feliz y haga felices a los demás.

Mientras regresábamos, Elizabeth me dijo:


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