Frankenstein
Frankenstein Mi padre observaba con dolor el cambio que se iba produciendo en mis costumbres y carácter, e intentaba convencerme de la inutilidad de dejarse arrastrar por una desproporcionada tristeza.
—¿Crees tú, VÃctor, que yo no sufro? —me dijo, con lágrimas en los ojos—. Nadie puede querer a un niño como yo amaba a hermano. Pero acaso no es un deber para con los supervivientes el intentar no aumentar su pena con nuestro dolor exagerado. También es un deber para contigo mismo, pues la tristeza desmesurada impide el restablecimiento y la alegrÃa; incluso impide llevar a cabo los quehaceres diarios, sin los que ningún hombre es digno de ocupar un sitio en la sociedad.
Este consejo, aunque válido, era del todo inaplicable a mi caso. Yo hubiera sido el primero en ocultar mi dolor y consolar los mÃos, si el remordimiento no hubiera teñido de amargura mis otros sentimientos. Ahora sólo podÃa responder a mi padre con una mirada de desesperación, y esforzarme por evitarle mi presencia.