Frankenstein
Frankenstein —Cuando pienso, querido primo —decÃa—, en la triste muerte de Justine Moritz, no puedo contemplar el mundo y sus obras como lo hacÃa antaño. Antes consideraba los relatos de maldad e injusticia, de los cuales oÃa hablar o sobre los que leÃa en los libros, como historias de tiempos pasados o como fantasÃas; al menos, estaban muy alejados y pertenecÃan más a la razón que a la imaginación; pero ahora el dolor se cierne sobre nuestra casa, y los hombres me parecen monstruos sedientos de sangre. Sin duda soy injusta. Todos creyeron culpable a esa pobre criatura, y de haber cometido el crimen que se la imputó, ciertamente hubiera sido la más depravada de los seres humanos. ¡Asesinar por unas cuantas joyas al hijo de su amigo y protector, un niño al que habÃa cuidado desde la cuna y al que parecÃa querer como a un hijo! Me opongo a la muerte de cualquier ser humano[56], pero hubiera estimado que semejante criatura no era digna de vivir entre sus semejantes. Pero era inocente. Lo sé, sé que era inocente. Tú también piensas lo mismo, y esto confirma mi certeza. ¡Ay, VÃctor! Cuando la mentira se parece tanto a la verdad, ¿quién puede creer en la felicidad? Me parece estar andando por el borde de un precipicio, hacia el cual se dirigen miles de seres que intentan arrojarme al vacÃo. Asesinan a William y a Justine y su asesino escapa, andando libre por el mundo. Quizá incluso se lo respete. Pero no me cambiarÃa por semejante engendro, aunque mi sino fuera morir en el patÃbulo por los mismos crÃmenes.