Frankenstein
Frankenstein El dÃa siguiente, contra los pronósticos de nuestros guÃas, amaneció hermoso aunque nublado. Visitamos el nacimiento del Arveiron[57], y paseamos a caballo por el valle hasta el atardecer. Este paisaje, tan sublime y magnÃfico, me proporcionó el mayor consuelo que en esos momentos podÃa recibir. Me elevó por encima de las pequeñeces del sentimiento y aunque no me libraba de la tristeza sà me la amainaba y calmaba. Hasta cierto punto, también me desviaba la atención de aquellos sombrÃos pensamientos a los que me habÃa entregado durante los últimos meses. Por la tarde regresé, cansado, pero triste, y conversé con mi familia con mayor animación de lo que habÃa sólido hacer últimamente. Mi padre estaba contento y Elizabeth encantada.
—Querido primo —me dijo—, ¿ves cuánta felicidad contagias cuando estás alegre? ¡No recaigas de nuevo!
La mañana siguiente amaneció con una lluvia torrencial, y una espesa niebla ocultaba las cimas de las montañas. Me levanté temprano, pero me sentÃa melancólico. La lluvia me deprimÃa; volvió mi acostumbrado estado de ánimo, y me sentà apesadumbrado.
