Frankenstein
Frankenstein —¿Por qué me traes a la memoria hechos que me hacen estremecer, y de los cuales soy autor y causa? ¡Maldito sea el dÃa, abominable diablo, en el cual viste la luz! ¡Malditas sean —aunque me maldigo a mà mismo— las manos que te dieron forma! Me has hecho más desgraciado de lo que me es posible expresar. ¡No me has dejado la posibilidad de ser justo contigo! ¡Aparta!, ¡libra mis ojos de tu detestable visión!
—Asà lo haré, creador mÃo —dijo, tapándome los ojos con sus odiosas manos, que aparté con violencia—. Asà os libraré de la visión que aborrecéis. Pero aún podéis seguir escuchándome, y otorgarme vuestra compasión. Os lo exijo, en nombre de las virtudes que una vez poseÃ. Escuchad mi historia, es larga y extraña. Pero subid a la choza de la montaña, pues la temperatura de este lugar no es apropiada a vuestra constitución. El sol está ' aún muy alto; antes de que descienda y se oculte tras aquellas cimas nevadas para alumbrar otro mundo, habrás oÃdo mi relato y podrás decidir. De ti depende el que abandone para siempre la compañÃa de los hombres y lleve una existencia inofensiva o me convierta en el azote de tus semejantes y el autor de tu pronta ruina.