Frankenstein

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Se sucedieron varios cambios de días y noches, y la esfera nocturna había menguado considerablemente cuando empecé a distinguir mis sensaciones una de la otra. Paulatinamente, comencé a percibir con claridad el cristalino arroyo que me proporcionaba agua, y los árboles que me protegían con su follaje. Me sentí muy contento cuando por primera vez descubrí que el armonioso sonido que con frecuencia regalaba mis oídos procedía de las gargantas de los pequeños animalillos alados que a menudo me habían interceptado la luz. Empecé también a observar, con mayor precisión, las formas que me rodeaban, y a percibir los límites de la brillante bóveda de luz que se extendía sobre mí. A veces intentaba imitar el agradable trino de los pájaros, pero no podía. Otras quería expresar mis sentimientos a mi modo, pero los rudos y extraños ruidos que producía me hacían enmudecer de susto.

La luna había desaparecido, y retornado más pequeña, y yo seguía en el bosque. Mis sensaciones eran ya claras, y cada día asimilaba nuevas ideas. Mis ojos se habían acostumbrado a la luz y a distinguir bien los objetos. Diferenciaba un insecto de un tallo de hierba y, poco a poco, las distintas clases de plantas entre sí. Comprobé que los gorriones tenían un trinar áspero, mientras que el canto del mirlo y de los zorzales era grato y atrayente.


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