Frankenstein
Frankenstein Eran cerca de las siete de la mañana, y quería encontrar cobijo y comida. Por fin divisé en un montículo una pequeña cabaña que sin duda era la morada de algún pastor. Esto era nuevo para mí. La examiné con gran curiosidad y, al observar que la puerta se abría, entré. Sentado junto al fuego, en el cual se preparaba el desayuno, se hallaba un anciano. Se volvió al oír el ruido; y, viéndome, salió de la cabaña gritando, y cruzó los campos a una velocidad apenas imaginable en persona tan debilitada. Me sorprendieron su huida y su aspecto, distinto a todo lo que hasta entonces había visto. Pero estaba encantado con la cabaña: aquí no podía entrar ni la nieve ni la lluvia; el suelo estaba seco, y me pareció un refugio tan delicioso y exquisito como les debió parecer el Pandemonio[63] a los demonios del infierno después de sus sufrimientos en el lago de fuego. Ávidamente devoré los restos del desayuno del pastor: pan, queso, leche y vino, pero éste último no me gustó. Luego, vencido por el cansancio, me tumbé en un montón de paja y me dormí.