Frankenstein
Frankenstein Félix había estado presente en el juicio, y su ira al escuchar la sentencia fue incontenible. Hizo al instante una promesa solemne de liberarlo, e inició de inmediato la búsqueda del medio que le permitiera llevar a cabo su juramento. Tras muchos infructuosos intentos de penetrar en la prisión, encontró en un ala poco vigilada del edificio una ventana enrejada, que iluminaba la mazmorra del infortunado mahometano, que, doblegado bajo el peso de las cadenas, aguardaba lleno de desesperación el cumplimiento de la bárbara sentencia. Por la noche, a través de la ventana, Félix comunicó al prisionero sus intenciones de ayudarlo. Sorprendido y encantado, el turco intentó espolear el entusiasmo de su liberador con promesas de grandes riquezas. Félix rechazó la oferta con desprecio, mas cuando vio a la bella Safie, a quien permitieron visitar a su padre y que por señas le mostraba su agradecimiento, no pudo por menos de pensar que el cautivo poseía un tesoro que compensaría con creces todo esfuerzo y peligro.
El turco pronto advirtió la impresión que Safie había producido en el muchacho, y quiso asegurarse más su celo prometiéndosela en matrimonio en cuanto fuera conducido a un lugar seguro. Félix era demasiado cortés como para aceptar la oferta, pero sabía que aquella probabilidad constituía su máxima esperanza.