Frankenstein
Frankenstein Mientras tanto, varios cambios tuvieron lugar en la casa. La presencia de Safie llenaba de felicidad a sus habitantes; y también comprobé que gozaban de una mayor abundancia. Félix y Agatha pasaban más tiempo conversando, y tenían criadas que les ayudaban en sus quehaceres. No parecían ricos, pero se les veía satisfechos y felices. Estaban tranquilos y serenos, mientras que yo cada día me encontraba más inquieto. Cuanto más aprendía más cuenta me daba de mi lamentable inadaptación. Cierto es que abrigaba una esperanza, pero ésta desaparecía cuando veía mi figura reflejada en el agua o mi sombra a la luz de la luna, desaparecía con la misma rapidez que se desvanecen esa temblorosa imagen y esa juguetona sombra.
Me esforzaba por alejar de mí estos temores, e intentaba fortalecerme para la prueba a la que me había emplazado para unos meses después. A veces permitía que mis pensamientos descontrolados vagaran por los jardines del paraíso, y llegaba a imaginar que amables y hermosas criaturas comprendían mis sentimientos y consolaban mi tristeza, mientras sus rostros angelicales sonreían alentadoramente. Pero todo era un sueño. Ninguna Eva calmaba mis pesares ni compartía mis pensamientos —¡estaba solo!—. Recordaba la súplica de Adán a su creador[70]. Pero ¿dónde estaba el mío? Me había abandonado y, lleno de amargura, lo maldecía.