Frankenstein
Frankenstein La criatura terminó de hablar, y me miró fijamente esperando una respuesta. Pero yo me hallaba desconcertado, perplejo, incapaz de ordenar mis ideas lo suficiente como para entender la transcendencia de lo que me proponÃa.
—Debes crear para mà una compañera, con la cual pueda vivir intercambiando el afecto que necesito para poder existir. Esto sólo lo puedes hacer tú, y te lo exijo como un derecho que no puedes negarme.
La parte final de su narración habÃa vuelto a reavivar en mà la ira que se me habÃa ido calmando mientras contaba su tranquila existencia con los habitantes de la casita. Cuando dijo esto no pude contener mi furor.
—Pues sÃ, me niego —contesté—, y ninguna tortura conseguirá que acceda. Podrás convertirme en el más desdichado de los hombres, pero no lograrás que me desprecie a mà mismo. ¿Crees que podrÃa crear otro ser como tú, para que uniendo vuestras fuerzas arraséis el mundo? ¡Aléjate! Te he contestado; podrás torturarme, ¡pero jamás consentiré!
