Frankenstein
Frankenstein Dejamos Londres el 27 de marzo y nos quedamos unos días en Windsor, paseando por su hermosísimo bosque. Este paisaje era completamente nuevo para nosotros, habitantes de un país montañoso; los robles majestuosos, la abundancia de caza y las manadas de altivos ciervos constituían una novedad para 'nosotros.
Continuamos luego hacia Oxford. Al llegar a la ciudad, rememoramos los sucesos que allí habían ocurrido hacía más de ciento cincuenta años. Fue allí donde Carlos I reunió sus tropas. La ciudad le había permanecido fiel mientras toda la nación abandonaba su causa y se unía al estandarte del parlamento y la libertad. El recuerdo de aquel desdichado monarca y de sus compañeros, el afable Falkland, el orgulloso Gower[86], su reina y su hijo, daban un interés especial a cada rincón de la ciudad, que se supone debieron habitar. El espíritu de días pasados tenía aquí su morada y nos deleitaba perseguir sus huellas. Pero aunque estos sentimientos no hubieran bastado para satisfacer nuestra imaginación, la ciudad en sí era lo suficientemente hermosa como para despertar nuestra admiración. La universidad es antigua y pintoresca; las calles, casi magníficas; y el delicioso Isis[87], que corre por entre prados de un exquisito verde, se ensancha formando un tranquilo remanso de agua, donde se reflejan el magnífico conjunto de torres, campanarios y cúpulas que asoman por entre los viejos árboles.