Frankenstein

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Vagué por la isla como un fantasma, alejado de todo lo que amaba, y entristecido por esta separación. Hacia mediodía, cuando el sol estaba en su cima, me tumbé en la hierba v me invadió un profundo sueño. No había dormido la noche anterior, tenía los nervios alterados y los ojos irritados por el llanto y la vigilia. El sueño en el cual me sumí me recuperó; y, al despertar, sentí de nuevo como si perteneciera a una raza de seres humanos como yo. Me puse a reflexionar con más serenidad, pero aún resonaban en mi oído, como un toque a muerto, las palabras del malvado ser; parecían lejanas, como un sueño, pero eran claras y apremiantes como la misma realidad.

El sol se encontraba ya muy bajo, y yo aún seguía en la playa, saciando el apetito con unas galletas de avena, cuando vi atracar una barca no lejos de mí. Se acercó uno de los hombres v me dio un paquete; contenía cartas de Ginebra y una de Clerval en la que me rogaba me reuniera con él. Decía que hacía casi un año que habíamos abandonado Suiza, y no habíamos visitado Francia. Me insistía, por tanto, en que abandonara mi isla solitaria y me reuniera con él en Perth, al cabo de una semana, y juntos hiciéramos planes para continuar nuestro viaje. Esta carta me hizo, en parte, volver a la realidad, y decidí que me iría de la isla a los dos días.


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