Frankenstein
Frankenstein Entré en el cuarto donde estaba el cadáver y me acerqué al ataúd. ¿Cómo describir mis sensaciones al verlo? Aún ahora el horror me hiela la sangre, y no puedo recordar aquel terrible momento sin un temblor que me evoca vagamente la angustia que sentí al reconocer el cadáver. El juicio, la presencia del magistrado y los testigos, todo se me esfumó como un sueño cuando vi ante mí el cuerpo inerte de Henry Clerval. Me faltaba el aliento y, arrojándome sobre su cuerpo, exclamé:
—¿También a ti, mi querido Henry, te han costado la vida mis criminales maquinaciones? Ya he destruido a dos; otras víctimas aguardan su destino, ¡pero tú, Clerval, mi amigo, mi consuelo…!
No pude soportar más el tremendo sufrimiento, y preso de violentas convulsiones me sacaron de la habitación.
A esto siguió una fiebre. Durante dos meses estuve al borde de la muerte. Como supe más tarde, deliraba de forma terrible; me acusaba de las muertes de William, Justine y Clerval. A veces suplicaba a los que me atendían que me ayudaran a destruir al diabólico ser que me atormentaba; otras notaba los dedos del monstruo en mi garganta y gritaba aterrorizado. Por fortuna, como hablaba en mi lengua natal, sólo me entendía el señor Kirwin. Pero mis aspavientos y gritos agudos bastaban para asustar a los demás.