Frankenstein
Frankenstein Mis últimas palabras convencieron a mi padre de que tenía las ideas trastornadas, y al instante cambió el tema de nuestra conversación, intentando desviar así mis pensamientos. Deseaba borrar de mi memoria las escenas que habían tenido lugar en Irlanda, y ni aludía a ellas ni me permitía hablar de mis desgracias. A medida que pasaba el tiempo me fui tranquilizando; la pesadumbre seguía bien asentada en mi corazón, pero ya no hablaba de mis crímenes de forma incoherente; me bastaba tener conciencia de ellos. Mediante la más atroz represión, acallé la imperiosa voz de la amargura, que a veces ansiaba confiarse al mundo entero. También mi comportamiento se hizo más tranquilo y moderado de lo que había sido desde mi viaje al mar de hielo. Llegamos a El Havre el 8 de mayo, y proseguimos de inmediato a París, donde mi padre tenía que atender unos asuntos que nos detuvieron unas semanas. En esta ciudad, recibí la siguiente carta de Elizabeth.
A VÍCTOR FRANKENSTEIN
Mi queridísimo amigo: