Frankenstein
Frankenstein —No; no es asà —me interrumpió el engendro—. Aunque esa debe ser la impresión que le causan mis actos. No intento despertar su simpatÃa; jamás encontraré comprensión. Cuando primero traté de hallarla, quise compartir el amor por la virtud, el sentimiento de felicidad y ternura que me llenaba el corazón. Pero ahora que esa virtud es tan sólo un recuerdo, y la felicidad y ternura se han convertido en amarga y odiosa desesperación, ¿dónde debo buscar comprensión? Me avengo a sufrir en soledad, mientras duren mis desgracias; y acepto que, cuando muera, el odio y el oprobio acompañen mi recuerdo. Tiempo atrás mi imaginación se colmaba de sueños de virtud, fama y placer. Antaño esperé ingenuamente encontrarme con seres que, obviando mi aspecto externo, me quisieran por las excelentes cualidades que llevaba dentro de mÃ. Me nutrÃa de elevados pensamientos de honor y devoción. Pero ahora la maldad me ha degradado, y soy peor que las más despreciables alimañas. No hay crimen, maldad, perversidad, comparables a los mÃos. Cuando repaso la horrenda sucesión de mis crÃmenes, no puedo creer que soy el mismo cuyos pensamientos estaban antes llenos de imágenes sublimes y trascendentales, que hablaban de la hermosura y la magnificencia del bien. Pero es asÃ; el ángel caÃdo se convierte en pérfido demonio. Pero incluso ese enemigo de Dios y de los hombres tenÃa amigos y compañeros en su desolación; yo estoy completamente solo.