Frankenstein
Frankenstein »No tema, no volveré a cometer más crÃmenes. Mi tarea casi ha concluido. No se necesita su muerte ni la de ningún otro hombre para consumar el drama de mi vida, y cumplir aquello que debe cumplirse; sólo se requiere la mÃa. No piense que tardaré en llevar a cabo el sacrificio. Me alejaré de su bajel en la balsa que me trajo hasta él y buscaré el punto más alejado y septentrional del hemisferio; haré una pira funeraria, donde reduciré a cenizas este cuerpo miserable, para que mis restos no le sugieran a algún curioso y desgraciado infeliz la idea de crear un ser semejante a mÃ. Moriré. Dejaré de padecer la angustia que ahora me consume, y de ser la presa de sentimientos insatisfechos e insaciables. Ha muerto aquel que me creó; y, cuando yo deje de existir, el recuerdo de ambos desaparecerá pronto. Jamás volveré a ver el sol, ni las estrellas, ni a sentir el viento acariciarme las mejillas. Desaparecerán la luz, las sensaciones, los sentimientos; y entonces encontraré la felicidad. Hace algunos años, cuando por primera vez se abrieron ante mà las imágenes que este mundo ofrece, cuando notaba la alegre calidez, del verano, y oÃa el murmullo de las hojas y el trinar de los pájaros, cosas que lo fueron todo para mÃ, hubiera llorado de pensar en morir; ahora es mi único consuelo. Infectado por mis crÃmenes, y destrozado por el remordimiento, ¿dónde sino en la muerte puedo hallar reposo?