Frankenstein
Frankenstein Juventud más feliz que la mÃa no puede haber existido. Mis padres eran indulgentes y mis compañeros amables. Para nosotros los estudios nunca fueron una imposición; siempre tenÃamos una meta a la vista que nos espoleaba a proseguirlos. Esta era el método, y no la emulación, que nos inducÃa a aplicarnos. Con el fin de que sus compañeras no la dejaran atrás, a Elizabeth no se la orientaba hacia el dibujo. Sin embargo, se dedicaba a él motivada por el deseo de agradar a su tÃa, representando alguna escena favorita dibujada por ella misma. Aprendimos inglés y latÃn para poder leer lo que en esas lenguas se habÃa escrito. Tan lejos estaba el estudio de resultarnos odioso a consecuencia de los castigos, que disfrutábamos con él, y nuestros entretenimientos constituÃan lo que para otros niños hubieran sido pesadas tareas. Quizá no leÃmos tantos libros ni aprendimos lenguas tan rápidamente como aquellos a quienes se les educaba conforme a los métodos habituales, pero lo que aprendimos se nos fijó en la memoria con mayor profundidad.
Incluyo a Henry Clerval en esta descripción de nuestro cÃrculo doméstico, pues estaba con nosotros continuamente. Iba al colegio conmigo, y solÃa pasar la tarde con nosotros; pues, siendo hijo único y encontrándose solo en su casa, a su padre le complacÃa que tuviera amigos en la nuestra. Por otro lado nosotros tampoco estábamos del todo felices cuando Clerval estaba ausente.