Carmilla

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El general, afortunadamente, no se dio cuenta. Miraba, sombría y curiosamente, hacia los claros y los panoramas de los bosques que se abrían delante de nosotros.

—¿Se dirigen a las ruinas de Karnstein? —dijo—. Sí, es una coincidencia afortunada. ¿Saben? Yo iba a pedirles que me acompañaran a ellas para inspeccionarlas. Hay una cosa en especial que tengo que explorar. Hay allí una capilla en ruinas, ¿no es cierto?, con muchísimas tumbas de esa familia extinguida.

—Sí, las hay… Son muy interesantes —dijo mi padre—. ¿Imagino que piensa usted en reclamar el título y los dominios?

Mi padre dijo esto alegremente, pero el general no respondió con la risa, o siquiera la sonrisa, que la cortesía exige para la broma de un amigo; al contrario, adquirió un aire grave e incluso fiero, cavilando sobre algo que despertaba su ira y su horror.

—Se trata de algo muy distinto —dijo, ásperamente—. Pretendo desenterrar a parte de esa simpática gente. Espero, ¡Dios sea bendito!, llevar ahí a cabo un piadoso sacrilegio, que liberará a nuestra tierra de ciertos monstruos y permitirá que la gente honrada duerma en sus camas sin verse atacada por asesinos. Tengo extrañas cosas que contarle, querido amigo, cosas que yo mismo hubiera rechazado como increíbles hace unos pocos meses.


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