Carmilla
Carmilla Cuando el médico bajó al saloncito, fue para dar un informe muy favorable de su paciente. Estaba en aquel momento despierta, su pulso era absolutamente normal, y se encontraba, en apariencia, perfectamente. No había sufrido ninguna herida, y la pequeña conmoción nerviosa había desaparecido casi sin dejar huella. Desde luego, no podía causar ningún daño el que yo la viera, si ambas lo deseábamos; y, con esta autorización, envié de inmediato a alguien a averiguar si me permitiría hacerle una visita de unos pocos minutos en su habitación.
La criada volvió inmediatamente para comunicar que nada le gustaría más. Pueden estar seguros de que no tardé mucho tiempo en valerme de este permiso.
Nuestra visitante estaba en una de las habitaciones más hermosas del schloss. Era, quizá, un punto excesivamente imponente. Había una sombría obra de tapicería frente al pie de la cama, que representaba a Cleopatra con el áspid junto a su pecho; y otras escenas clásicas se extendían, un poco diluidas, por las demás paredes. Pero había tallas doradas, y ricos y variados coloridos en las demás decoraciones de la habitación, para redimir más que sobradamente la lobreguez de la vieja tapicería.