Carmilla
Carmilla —¡Maravilloso, realmente! —repetà yo, superando con esfuerzo el horror que, durante un rato, me habÃa cortado el habla—. Hace doce años, en visión o realidad, yo ciertamente la vi. No puedo olvidar su rostro. Ha permanecido en mi visión desde entonces.
Su sonrisa se habÃa dulcificado. Fuera lo que fuera que viera yo de extraño en ella, habÃa desaparecido, y sus mejillas con hoyuelos eran ahora deliciosamente lindas e inteligentes.
Me sentà tranquilizada, y proseguà más en la vena de lo que la hospitalidad aconsejaba, dándole la bienvenida y contándole cuánto placer nos habÃa proporcionado su accidental llegada, y, especialmente, la bendición que era para mÃ.
Le tomé la mano mientras hablaba. Yo era un poco tÃmida, como lo es la gente solitaria, pero la situación me hizo elocuente, e incluso audaz. Ella me apretó la mano, me la apretó entre las suyas, y sus ojos brillaban mientras, mirando vivamente a los mÃos, volvÃa a sonreÃr, y se sonrojaba.
Respondió muy gentilmente a mi bienvenida. Me senté a su lado, todavÃa sorprendida; y ella dijo: