Carmilla
Carmilla —Querida mÃa, tu corazoncito está herido; no me creas cruel porque obedezca a la ley irresistible de mi fuerza y mi debilidad; si tu querido corazón está herido, mi corazón turbulento sangra junto al tuyo. En el éxtasis de mi enorme humillación, vivo en tu cálida vida, y tú morirás…; morirás, morirás dulcemente… en mi vida. Yo no puedo evitarlo asà como yo me acerco a ti, tú, a tu vez, te acercarás a otros, y conocerás el éxtasis de esa crueldad que, sin embargo, es amor; de modo que, durante un tiempo, no trates de saber nada más de mà y lo mÃo: confÃa en mà con todo tu espÃritu amoroso.
Y, después de cantar esta rapsodia, me apretaba más estrechamente en su tembloroso abrazo, y sus labios encendÃan mis mejillas con dulces besos. Sus inquietudes y su lenguaje eran ininteligibles para mÃ. De esos disparatados abrazos, que no se producÃan demasiado a menudo, debo admitir que solÃa desear liberarme; pero parecÃan faltarme las energÃas para ello. Sus palabras murmuradas sonaban como un arrullo en mis oÃdos, y ablandaban mi resistencia en un trance del que tan sólo parecÃa recobrarme cuando ella apartaba sus brazos.