Carmilla
Carmilla A veces, después de una hora de apatÃa, mi extraña y hermosa compañera me tomaba la mano y la retenÃa apretándomela cariñosamente, mirándome al rostro con ojos lánguidos y ardientes, y respirando tan aprisa que su vestido subÃa y bajaba con la tumultuosa respiración. Era como el ardor de un enamorado; me turbaba; era una cosa, y, sin embargo, irresistible; y, con mirada ansiosa, me atraÃa hacia sÃ, y sus cálidos labios recorrÃan en besos mis mejillas; y susurraba, casi sollozando:
—Eres mÃa, serás mÃa, y tú y yo seremos una para siempre.
Luego se dejaba caer nuevamente hacia atrás en su silla, tapándose los ojos con sus pequeñas manos, y me dejaba temblando.
—¿Es que somos parientes? —solÃa yo preguntarle—. ¿Qué pretendes con todo esto? Quizá te recuerdo a alguien a quien amas; pero no debes hacerlo, lo detesto; no te conozco…, no me conozco a mà misma cuando me miras y me hablas de ese modo.
Ella solÃa suspirar ante mi vehemencia, y luego volvÃa el rostro y me soltaba la mano.