Los archivos del doctor Hesselius
Los archivos del doctor Hesselius Los nervios, como ya he dicho, habían hecho mella en Mr. Barton. Tenía todo el aspecto de un hombre enfermo y nadie podía por menos que percatarse de su estado calamitoso. Por la razón que fuera, a nadie habló de aquel intento de asesinarle, ni lo denunció a las autoridades. Sólo cuando habían pasado varias semanas se decidió a hablar del suceso, pero pidiendo a la persona a quien se lo contó que guardase celosamente aquel secreto.
A pesar de mostrar un semblante enfermo y un ánimo contrito, el pobre Mr. Barton, sabiendo que no podía excusarse de acompañar en sociedad a su prometida, Miss Montague, cuando debiera hacerlo, se esforzó, aunque dolorosamente a veces, en aparentar naturalidad en público. Se puede decir que sus maneras más apacibles se debían, si no a la certidumbre plena, sí a un leve indicio acerca de quién podría tratarse el que quisiera acabar con su vida. Esto, claro, hace pensar en que debía de tener alguna buena razón para no denunciarle.
De manera que, angustiado por la situación en que se hallaba, dominando difícilmente sus nervios, callando lo que a nadie podía confiar, día a día fue creciendo su tormento; sabía que no podía defenderse de tan duro y cruel enemigo, que seguía haciéndole periódicas visitas en los momentos y lugares más insospechados, como para demostrarle que tenía un imperio absoluto sobre su imaginación.