Los archivos del doctor Hesselius
Los archivos del doctor Hesselius El verdugo se quitó lentamente la pipa de la boca nada más ver el coche, se irguió cuanto le era posible, adoptando un porte más inquietante, y agitó en el aire una soga nueva, mientras gritaba con voz chillona y destemplada, semejante al graznido de un cuervo que revoloteara sobre los cadáveres:
—¡He aquí la soga para el juez Harbottle!
El coche reanudó entonces su marcha a toda velocidad.
Ni en sus momentos de mayor desprecio y burla hacia aquellos a los que condenaba a morir, hubiera imaginado el juez la existencia de un patíbulo tan alto. Creyó, momentos después, que había sufrido una alucinación. Volvió a recordar a aquel hombre que fuera su lacayo, al que había visto no obstante llevar muerto varios años. Intentó oír al máximo; intentó igualmente apretar los párpados hasta que casi le dolieran, para despertar de aquel mal sueño, en caso de que fuera eso, un mal sueño… Mas si en efecto se trataba de una pesadilla, era incapaz de despertarse.
No intentó amenazar siquiera a quienes lo custodiaban, a esos a los que tenía por dos malhechores pagados por alguien. De hacerlo, quizás lo maltrataran.
Seguía, pues, en silencio, ansiando una oportunidad de escapar de ellos. Ya se encargaría él, más adelante, de perseguirlos hasta ponerlos presos.