Los archivos del doctor Hesselius

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A veces, tras un periodo de indiferencia, mi extraña y bella compañera me cogía la mano y la retenía apretándomela cariñosamente una y otra vez, y finalmente se ruborizaba levemente, mirándome al rostro con ojos lánguidos y ardientes, y tan jadeante que su vestido subía y bajaba a causa de la tumultuosa respiración. Era como el ardor de un enamorado; me turbaba; era algo odioso y, no obstante, irresistible. Luego me atraía hacia ella, recreándose en la mirada, y sus cálidos labios me recorrían las mejillas a besos, mientras me susurraba, casi sollozando:

—Sois mía, seréis mía; vos y yo tenemos que ser una sola persona, y para siempre.

Después se echaba hacia atrás en la silla, cubriéndose los ojos con sus manecitas, y me dejaba temblando.

—¿Estamos emparentadas? —solía yo preguntarle—. ¿Qué queréis decir con todo eso? Tal vez os recuerde a alguien a quien amáis. Mas no debéis comportaros así, lo detesto. No os conozco… ni me conozco a mí misma cuando me miráis y me habláis de ese modo.

Ante mi vehemencia ella solía suspirar, volvía el rostro y me soltaba la mano.


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