Los archivos del doctor Hesselius
Los archivos del doctor Hesselius La luz del oeste, cada vez más débil, los bosques de Richmond en su pompa crepuscular, se nos ofrecÃan a la vista mientras a nuestras espaldas la habitación se tornaba cada vez más oscura; en el rostro del reverendo, pétreo ahora, aunque denotaba su expresión su sempiterno aire de bondad, se posaba el resplandor enfermizo del ocaso. El silencio era completo; no llegaba el menor ruido del exterior, ni el traqueteo de unas ruedas, ni un ladrido, ni un silbido. ParecÃa todo contagiado por la deprimente tranquilidad de la casa en penumbra de un hombre soltero y enfermo.
Supe pronto cuál era la naturaleza del asunto que deseaba referirme —aunque ni siquiera podÃa imaginarme los detalles del caso, las revelaciones que estaba a punto de oÃr— por su rostro que parecÃa clavado en el sufrimiento, como si fuera un retrato pintado por Schalcken[2], en aquella luz de un rojo mortecino, en aquella penumbra que le daba fondo.