Los archivos del doctor Hesselius
Los archivos del doctor Hesselius Cierto es que no hay la menor duda de que la salud de Mr. Jennings, siempre excelente en otros lugares, se derrumba a ojos vistas cuando está en su vicaría, recorriendo estas o aquellas parroquias, a veces de manera tan brutal como súbita, misteriosamente. En ocasiones, justo en el instante en que comienza los oficios religiosos en una hermosa y antigua iglesia de Kenlis. Quizás se trate de su corazón; quizás se trate de su cerebro… En tres o cuatro ocasiones, acaso más, le ha sucedido que, habiendo conducido sin el menor contratiempo gran parte del oficio religioso, de repente se detiene, queda como mudo, sin reacción, y tras un largo silencio se pone a rezar en voz muy baja, tanto que ningún feligrés puede oírle, pálido como la muerte y con las manos y los ojos alzados al cielo cual si implorase amparo. Después, preso de un horror extraño, que no disimula la vergüenza que lo embarga, tembloroso se oculta en la sacristía abandonando a sus fieles, así, sin darles la menor explicación acerca de lo que le ocurre. Una vez le sucedió hallándose ausente el reverendo ayudante. Ahora, por ello, cuando ha de dirigirse a Kenlis para celebrar un oficio, se hace acompañar por otro ministro que pueda compartir con él el ritual e incluso sustituirle en el preciso instante en que se vuelva a ver incapacitado para cumplir con sus obligaciones religiosas.