Los archivos del doctor Hesselius
Los archivos del doctor Hesselius El solo sonido de su voz, en aquel lugar solitario, sin hallar respuesta a su pregunta, le hizo experimentar un miedo aún mayor, un nerviosismo que le puso al borde del desmayo, un pánico que jamás había sentido.
Siguió oyendo los pasos a sus espaldas hasta el final de la calle; tuvo que hacer un esfuerzo enorme, tuvo que poner en un brete todo su orgullo de hombre valiente, para resistirse a esa voz interior que le pedía echar a correr despavorido en busca de auxilio. Al final, empero, se sintió a salvo en su hospedaje, junto al fuego del hogar, y pudo al menos preguntarse, ya sosegado, por todo lo que había pasado y por cuanto había sentido hasta descomponerlo de forma tan turbadora. Después de todo, a veces un suceso de categoría ínfima basta para que ruede por tierra, vencido, el mayor de los escepticismos, como si algo quisiera vindicar las leyes íntimas y más antiguas de la naturaleza que habita en nosotros.
El vigilante
A la mañana siguiente, ya tarde, desayunaba Mr. Barton sin dejar de pensar en lo sucedido la noche anterior; se puede decir que lo hacía entonces con más curiosidad que miedo, pues el miedo, ciertamente, es algo que se esfuma de común cuando bajo el imperio de la luz diurna desaparecen las angustias que auspicia la noche lóbrega. Hizo entonces acto de presencia el cartero para llevarle una carta.