De sobremesa
De sobremesa —El señor y la señorita se fueron esta mañana, a primera hora, llevando sus equipajes en un coche particular que vino a buscarlos. El conserje le oyó decir a él a la estación, pero no oyó el nombre de la estación… ¿El señor toma más té? —preguntó mirando la taza vacía.
¿Dónde buscarla cuando termine en Londres el negocio con Morrell & Blundell? ¿Dónde buscarla, porque necesito verla como necesito respirar, volverla a ver, bañar mi alma en la luz de sus ojos azules, besar sus manos largas y blancas, arrodillado a sus pies? ¿Por qué la bendición y el ramo de rosas que coinciden de tan singular manera con las frases del delirio de la viejecita agonizante?… ¿Conque el misterio puede adquirir así forma material, mezclarse a nuestra vida, codearnos a la luz del Sol?… El ramo de rosas está ya encerrado en una caja de cristal que me permitirá llevarlo en el viaje, y la caja se ha perfumado con el tenue olor de las flores moribundas.
Miranda & Compañía me avisan haber recibido carta de Morrell, diciéndoles que aceptan el precio que fijé a las minas, en virtud del informe de la comisión de ingenieros que volvió ya y cuyo dictamen esperábamos para cerrar el negocio.
Estaré en Londres el 15, como lo exigen, para firmar las escrituras, y me iré de aquí hoy mismo para soñar con ella mientras viajo.