De sobremesa
De sobremesa —Puede ser, soy quien menos puede decirlo —continuó Fernández—. Poeta, puede ser, ese tiquete fue el que me tocó en la clasificación. Para el público hay que ser algo. El vulgo les pone nombres a las cosas para poderlas decir y pega tiquetes a los individuos para poderlos clasificar. Después el hombre cambia de alma pero le queda el rótulo. Publiqué un tomo de malos versos a los veinte años y se vendió mucho; otro de versos regulares a los veintiocho y no se vendió nada. Me llamaron Poeta desde el primero, después del segundo no he vuelto a escribir ni una lÃnea y he hecho nueve oficios diferentes, y a pesar de eso llevo todavÃa el tiquete pegado, como un envase que al estrenarlo en la farmacia contuvo mirra, y que más tarde, lleno por dentro de cantáridas, de linaza o de opio ostenta por fuera el nombre de la balsámica goma. ¡Poeta! Pero no, oye, no son mis facultades analÃticas que Pérez exagera, la razón Ãntima de la esterilidad que me echas en cara; tú sabes muy bien cuál es: es que como me fascina y me atrae la poesÃa, asà me atrae y me fascina todo, irresistiblemente: todas las artes, todas las ciencias, la polÃtica, la especulación, el lujo, los placeres, el misticismo, el amor, la guerra, todas las formas de la actividad humana, todas las formas de la Vida, la misma vida material, las mismas sensaciones que por una exigencia de mis sentidos, necesito de dÃa en dÃa más intensas y más delicadas… ¿Qué quieres, con todas esas ambiciones puede uno ponerse a cincelar sonetos? En esas condiciones no manda uno en sus nervios…