De sobremesa

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Para que la antinomia de esos encontrados impulsos se hubiera transformado en permanente equilibrio, habría sido preciso que un plan verdaderamente científico de educación los hubiera aprovechado utilizándolos. Las circunstancias decidieron que pasara mis primeros años bajo las más contradictorias influencias. Perdí a mi madre siendo niño; cuando a la muerte de mi padre, al cumplir diecisiete años, salí del colegio de jesuitas donde mi adolescencia se deslizó bajo el yugo de severa disciplina, el estado de mi salud quebrantada por la mala higiene del internado y mi parentesco con los Monteverdes, sobrinos carnales de mi madre y dueños de las propiedades de campo vecinas a las nuestras, me llevaron a vivir, en pleno contacto con la naturaleza, brutal vida de campesinos, en las haciendas, donde bajo la doble influencia de la juventud y del régimen mis músculos se vigorizaron y se enriqueció mi sangre. En aquella temporada de vida singular las cacerías de venados, y los violentos ejercicios atléticos, se alternaban con las orgías vertiginosas en que Humberto Monteverde, borracho y con la rizosa cabeza recostada sobre algún seno desnudo, me gritaba a voz en cuello mientras su padre, don Teodoro, paseaba por sobre la concurrencia la mirada átona de sus ojos enturbiados por el alcohol: «Oye, José, tú y yo no hemos nacido para vivir en sociedad, somos salvajes, somos Andrades, somos los nietos de los llaneros». Extraña temporada aquélla en que la lectura de los más grandes poetas y el hervor sentimental y sensual de la juventud y la dejadez del cuerpo tras de las noches crapulosas, me hicieron escribir mis «Primeros versos»; más extraña si se compara con el año siguiente en que la intimidad con Serrano, el noble amigo que consagró su vida a trascendentales especulaciones resucitó en mí al meditabundo filósofo que heredó de sus abuelos el intenso amor por la vida moral. Extrañas influencias que dieron como resultado que al entrar por primera vez a los veintiún años, corbateado de blanco y con el busto moldeado por un frac de Poole al salón donde hice mi primera conquista aristocrática, cuatro almas: la de un artista enamorado de lo griego, y que sentía con acritud la vulgaridad de la vida moderna; la de un filósofo descreído de todo por el abuso de estudio; la de un gozador cansado de los placeres vulgares, que iba a perseguir sensaciones más profundas y más finas, y la de un analista que las discriminaba para sentirlas con más ardor, animaron mi corazón, que latía bajo la resplandeciente pechera, coquetamente abotonada con una perla negra.


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