De sobremesa

De sobremesa

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Al comenzar los tapiceros a desarmar la casa me he quedado sorprendido del número de objetos de arte y de lujo que insensiblemente he comprado en estos seis meses y los he remirado uno por uno, con cariño, porque en lo futuro me recordarán una época de mi vida más noble que los últimos años. Tú irás a adornar el vestíbulo del hotel en París, enorme vaso etrusco que ostentas en tus bajorrelieves hermosa procesión de sátiros y de ninfas, y por sobre las cabezas de carnero que forman tus asas, las orquídeas del trópico, enredarán sus tallos florecidos de níveas mariposas vegetales, salpicadas de violado y de púrpura; os cruzaréis en guerrera panoplia sobre la partesana, cincelada como una joya, vosotras, espadas árabes de policromas empuñaduras, con las tersas hojas de complicados gavilanes y retorcidas contraguardas que templaron en las aguas del Tajo los maestros toledanos del siglo XVI y las árabes moharras y peligrosas franciscas con las finas dagas damasquinadas de oro; contra lo desteñido de vuestros matices moribundos, antiguos brocateles pesados, sonreirán los dos cuadros de Gainsborough y de Reynolds que compré en la venta del mes anterior; vosotros, ejemplares de Shelley, de Burne, de Keats, de Tennyson y de Rossetti, que lleváis sobre el marroquí blanco de las primorosas pastas, grabadas las tres hojas y la mariposa del camafeo, iréis a esperar sobre el velador veneciano de malaquita que recorran vuestras páginas sus ojos, sorprendidos de encontrar allí el diseño de su joya perdida, y tú, rubí único, rubí de Burmah, pagado a Bentzen en una fortuna, rubí que ardes como una ascua y brillas como un rayo de luz, ¡tú irás a irradiar, como una cristalización sangre, sosteniendo el anillo nupcial, y empalideciendo más la sobrenatural blancura de sus dedos afilados, en su pálida mano de reina!


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