De sobremesa

De sobremesa

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28 de abril

¡Oh, la extraña y deliciosa criatura! Entramos juntos, abrió con su llave la puerta del vestíbulo, que atravesó rápidamente, y cuando llegué al saloncito amable, después de quitarme el abrigo, en uno de cuyos amplios bolsillos estaba el collar de diamantes disimulado entre las flores, ya había encendido las lámparas. La desnudez de la pieza estrecha, amueblada sólo con dos sillas, un diván, un velador y una lámpara, y la expresión de su carita seria, disiparon mis últimas dudas. No, aquélla no era una mujer comprable; ¡quién sabe qué capricho loco por la valiosa joya la había hecho recibirme, y qué había entendido al oír mi frase brutal!

—Siéntese usted —me dijo, ya sentada en un sillón de brocatel grisoso, al pie de una alta lámpara, de la cual caía, en cuadro, la luz sobre la alfombra, suavizada por un pantallón de gasa de un verde desteñido.

Fue ella quien rompió primero el silencio. Yo me contenté, mientras duró éste, con extasiarme los ojos recorriéndola toda, desde la masa espesa de los cabellos oscuros, que le coronaban la cabeza, de enérgica y finas facciones, hasta los piececitos angostos y largos que calzados con un zapato bajo de resplandeciente charol, dejaban adivinar su blancura por entre los calados de la media de seda negra, fina como un encaje.


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