De sobremesa

De sobremesa

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La impresión verdaderamente grata que tuve fue ver mezclado lo más distinguido y simpático de la colonia hispanoamericana con lo más linajudo y empingorotado del aristocrático barrio. Logré que los compatriotas que honran a la Tierra con su ciencia, Serrano el filólogo y Mendoza el estadista, dejaran su encierro claustral para asomarse aquí por unos instantes. Duquesas vejanconas de tantísimas campanillas y retumbantes nombres, cuyo origen remonta a la Roma de los Antoninos, paseáronse al brazo de generales, expresidentes de nuestras repúblicas, que ostentaban uniformes más de oro que de paño; hubo miembro del Jockey Club que le hiciera la corte a una chicuela recién llegada, que tenía todavía en los ojos el recuerdo del cielo del trópico y en los oídos el rumor de la brisa entre los cafetales, y hasta se divirtió el grupo donde lucían la calva de Manouvrier, el filósofo espiritualista, las arrugas de Mortha, mi exprofesor de arqueología egipcia, y el monóculo del novelista psicólogo, autor de «Los Perfiles Femeninos», que, despreciando esa noche a las mujeres, que preguntaban por él para hacerle la corte, fue a esconderse entre aquellas anticuallas y a conversar con el doctor Charvet, que me dijo, al pasar por cerca de él, golpeándome el hombro:

—Así se hace. Goce usted suavemente de la vida, amigo mío; goce usted suavemente de la vida.


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