De sobremesa

De sobremesa

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—Todo eso es Ella… —dijo el escritor, como perdido en un ensueño—. Esta mañana las rosas blancas en la verja de hierro de Villa Helena; a mediodía el revoloteo de la mariposilla blanca que se entró por la ventana del escritorio… Ahora cuatro deseos encontrados que se juntan para que la nombre. —Se pasó la mano por la frente y se quedó callado luego sin que durante diez minutos en que pareció olvidarse de todo y sumirse en honda meditación, ninguno de los amigos se atreviera a distraerlo.

—Fernández, ¿no nos vas a leer nada? —preguntó Rovira impaciente, deteniéndose cerca del sillón de aquél—. ¿Tienes dolor de cabeza?… Eso ha sido el trabajo de hoy… ¿Tú para qué trabajas?… ¿no lees algo al fin?…

José Fernández, después de buscar en uno de los rincones oscuros del cuarto, donde sólo se adivinaba entre la penumbra rojiza la blancura de un ramo de lirios y el contorno de un vaso de bronce y de apagar las luces del candelabro, se sentó cerca de la mesa, y poniendo sobre el terciopelo de la carpeta un libro cerrado, se quedó mirándolo por unos momentos.

Era un grueso volumen con esquineras y cerradura de oro opaco. Sobre el fondo de azul esmalte, incrustado en el marroquí negro de la pasta, había tres hojas verdes sobre las cuales revoloteaba una mariposilla con las alas forjadas de diminutos diamantes.


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