De sobremesa
De sobremesa Sobre los veladores de malaquita el polvo opacaba el verde de la piedra y unas moscas muertas extendían las inertes alitas y las rígidas patas. El polvo y las moscas habían manchado el marroquí blanco y los dorados de los libros que compré en Londres en el invierno pasado; y a la doble luz de las bujías del candelabro y del crepúsculo, que filtraba por el balcón su tristeza fría, me parecieron desteñidos y ajados los colores de las alfombras de Oriente que cubren el piso.
Mi alma en ese momento estaba más sombría que el cuarto abandonado y más marchita que las flores. Los pobres libros manchados han ido a dar a mi biblioteca, y el pesado cofre de hierro de las joyas, a mi escritorio. La copia del cuadro de Rivington y el retrato pintado por Whistler están en mi alcoba. Duermo bajo las miradas de la santa de las guedejas de plata y de la figura que lleva en las manos el manojo de lirios blancos, y pienso a veces que si sobre la oscura tapicería que cubre las paredes hubieran estado siempre los dos lienzos, ni Nelly, ni la de Rivas, ni la Musellaro, ni Olga, habrían entrado ni a mi vida, ni a mi alcoba.