De sobremesa
De sobremesa —Eso es ya la mejorÃa; va volviendo —decÃa la voz acariciadora de Charvet—; ya hay voluntad. ¡Si es una naturaleza de hierro!
—Amigo mÃo —me dijo el primer dÃa en que después de larguÃsimo sueño y de sentirme vivo al despertar, hice un esfuerzo para moverme—, tiene usted enfermedades capaces de desconcertar al que más seguro esté de su ciencia. Ha estado usted entre la vida y la muerte; hubo un instante en que el corazón estuvo tan débil, que con el oÃdo puesto sobre él esperé las últimas palpitaciones, y en que la temperatura bajó grado y medio de lo normal. Ahora su corazón funciona bien y la temperatura acusa ligera fiebre. Ha sido el mismo accidente de hace un año, pero mucho más grave. Está usted hoy, como entonces, como si hubiera tenido una hemorragia copiosa. ¡Tenemos que hacer sangre, amigo mÃo!…
Y he hecho sangre, como dice él, en la convalecencia, que le ha parecido rápida y que me ha parecido interminable, porque no veÃa la hora de ponerme en movimiento; mi juventud y el vigor de mi organización, ayudados por sus sabias indicaciones, triunfaron de la horrible debilidad en que me dejó el vértigo.