De sobremesa

De sobremesa

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Al llegar a él el 28 de octubre, con una tarde destemplada y húmeda, Marinoni se alejó suplicándome que lo esperara por unos momentos. Seguramente quería estar solo para conmemorar el aniversario. Caminé unos pasos, y al sentir lo mojado del piso, fui a detenerme bajo las ramas de un árbol y cerca de una columna que tenía la inscripción medio borrada por los años la lluvia. Recorrí con las miradas el horizonte cobrizo, sobre el cual cortaban sus negruras finas, como los calados de un encaje, las cimas de los árboles de la entrada, sacudidos por el viento. Allá, lejos, entre las sombras que empezaban a envolver el paisaje, dorada por un rayo del sol, brillaba la cúpula de los Inválidos. Por sobre la ciudad, confusamente delineada, sobresalían las masas negras de las torres de Nuestra Señora, y el cielo rojizo se reflejaba en la corriente del río.

Al bajar los ojos hacia el suelo alfombrado por las hojas marchitas, cuyo olor melancólico estaba respirando en la tristeza del paisaje, tropezaron mis miradas con una rama que pendía, rota, del rosal vecino y cuyas tres hojas se agrupaban en la misma disposición que tienen las del camafeo de Helena. Una mariposilla blanca se detuvo sobre ellas un instante, y levantando el vuelo vino a tocarme la frente.



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