De sobremesa

De sobremesa

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
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La idea de la lucha contra el mal la domina ahora… hay que luchar… un año destinado a vencerlo será suficiente. En plena salud más tarde ganará el tiempo perdido; tules diáfanos y blancuras de mimosas y de camelias velarán sobre lo túrgido del seno las manchas de los cáusticos y del yodo, y el cuerpo entero ostentará la coloración suave de la sangre vivificada por el aire tibio y salino del Mediterráneo. ¡Hay que luchar, hay que vivir! Hay que pintar las Santas Mujeres, guardando el sepulcro. La Magdalena sentada, de perfil, el codo apoyado en la rodilla derecha y la barba en la mano, con el ojo átono, como si no viera nada, pegada a la piedra que cierra el sepulcro y con el brazo izquierdo caído en una postura de infinito cansancio. En la actitud de María, de pie, tapándose la cara con la mano, y con los hombros levantados por un sollozo, destacando la silueta oscura sobre el cielo plomizo del crepúsculo, debe adivinarse una explosión de lágrimas, de desesperación, de dejo, de agotamiento definitivo. A lo lejos, entre la semioscuridad de la hora trágica que esfuma los contornos de las cosas, se adivinarán las formas de los que acaban de enterrar al Cristo y sobre el lienzo flotará la atmósfera sombría de un dolor infinito. Hay que pintar; hay que pintar a Margarita, después del encuentro con Fausto, con el seno agitado y los ojos brillantes y las mejillas encendidas por el fuego de amor que le hacen correr por las venas las palabras del gallardo caballero. El cuadro de Sèvres no la satisface; hay que pintar otro en pleno aire como los de Bastien y encerrar en él un paisaje de primavera, donde por sobre una orgía de tonos luminosos, de pálidos rosados, de verdes tiernos, se oigan cantos de pájaros y murmullos cristalinos de agua y se respiren campesinos olores de savia y de nidos; la calle, ese canal de piedra, por donde pasa el río humano, hay que estudiarla, verla bien vista, sentirla, para trasladar a otros lienzos sus aspectos risueños o sombríos, los efectos de niebla y de sol; entre las líneas geométricas de las fachadas, el piso húmedo por la lluvia reciente, los follajes pobres de los árboles que crecen en la atmósfera pesada de la ciudad, y sobre el banco del boulevard exterior, quietas y en posturas de descanso para sorprender en ellas, no el gesto momentáneo de la acción sino el ritmo misterioso y la expresión de la vida, hay que pintar dos chicuelas flacuchas, ajadas por la pobreza y el vicio ancestral y un bohemio grasiento y lamentable con la cara encendida y los ojos encarnados por el uso de venenosos alcoholes, que sigue, melancólicamente, con la mirada turbia y vaga, el humo de la pipa que se está fumando; pero no, ese cuadro por perfecto que sea no será el desiderátum, porque está viciado de canallería moderna, como dice Saint Marceaux, hay que hacer algo grande y noble… Concluidos ésos, será Homero quien da el tema, y se lavará los ojos de toda la vulgaridad de la vida diaria, forjando en un lienzo enorme a Alcinoos y a la Reina, sentados en el trono, en una galería de altas columnas de mármol rosado, rodeados por la Corte, mientras que Nausicaa, apoyada en una de las pilastras, oye a Ulises contarle al Rey sus aventuras interminables y Demodocuos, cuyo canto ha interrumpido el viajero, malhumorado como un poeta a quien no oyen, apoya en las rodillas la lira y vuelve la cabeza para mirar hacia afuera… Hay que pintar eso pero pintarlo de veras, en plena pasta, con una factura potente, rica, sólida donde nadie reconozca una manecita de mujer; hay que pintarlo vívido, caliente, amplio de tal modo que el que vea el cuadro sienta lo que sintió ella al manejar los pinceles y las brochas. ¡Hay tanto que hacer para llegar allá! Todos esos cuadros requieren estudios previos, composiciones complicadas, preparación de detalles y querría estarlos haciendo ya, haberlos hecho, no perder un minuto… Hay tanto que hacer y la vida es tan corta… Los proyectos de escultura la fascinan porque la escultura es honrada y no engaña al ojo con los colores, ni admite farsas ni tapujos… Modelará todo lo que sueña: moribunda de amor y de tristeza, caída sobre las arenas de la playa al ver huir en el horizonte la vela del barco que lleva a Teseo, una Ariadna con el pecho lleno de sollozos; luego un bajo relieve colosal con seis figuras sorprendidas en actitudes llenas de gracia, y las esculturas serán tales que Saint Marceaux mismo se entusiasme, y las pinturas tendrán tal arte que el jurado imbécil no podrá menos de darle la primera medalla, en un salón próximo. ¡Ah!, la medalla, cómo la ha deseado, cómo la desea desde hace tiempo, cómo la ha perseguido, cómo la ve en sus sueños; la medalla la hará comprender que hizo bien en consagrarse a la pintura, que no se ha equivocado, que es alguien, que puede amar, pensar, vivir como viven todos, tranquila, sin atormentarse con tantas ambiciones. Cuando se la den podrá vivir como todo el mundo, y entonces sus fuerzas, dirigidas en otro sentido la llevarán lejos, muy lejos, se abandonará a la delicia de sentir, la dominará una pasión profunda por un hombre superior que la entienda, irá a respirar por temporadas el aire perfumado y tibio de Niza, de San Remo, de Sorrento, volverá a España, a Toledo, a Burgos, a Córdoba, a Sevilla, cuyos nombres ennoblecen con sólo pronunciarlos, a Granada, a embelesarse con las policromías de las arquitecturas árabes, con los follajes frescos de los laureles rosa y de los castaños gigantes, con lo azul del cielo; a Venecia, donde sube hacia el firmamento, por entre ruinosos palacios de mármol, una fiebre sutil de los canales verdosos, a ver la melancólica fiesta que son las pinturas de Tiépolo; a Milán, donde sonríen las creaciones del Vinci y a Roma, sobre todo, a Roma, la ciudad madre, la metrópoli, el único lugar del mundo que le ha llenado el corazón, porque al ponerse el sol tras de las cúpulas de la Basílica, centro de la cristiandad, alumbra las huellas del arte de hace veinticinco siglos, la complicación de la vida moderna más fastuosa y más amplia y sugiere a las almas pensativas la fórmula de lo que será la sensibilidad de mañana.


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