De sobremesa
De sobremesa Ahora un desfallecimiento interior la embarga; ha sentido una picada ahÃ, en el punto que el médico le mostró como foco de la enfermedad que la devora y el punzante dolor vuelve a traerla a la realidad… ¡Ah!, sÃ, la tos, el sudor, el insomnio, los cáusticos, las unturas de yodo, el viaje al mediodÃa, el aniquilamiento… la muerte… el fin, todo eso está cerca. ¿Y Dios, en dónde está si la deja morir asÃ, en plena vida, sintiendo esa exuberancia de fuerzas, esos entusiasmos locos por verlo todo, por sentirlo todo, por comprender el Universo, su obra?… ¿Dios, en dónde está si la deja morir asÃ, después de haber sido buena, después de no haber hablado nunca mal de nadie, ni proferido una queja por las amarguras que le han tocado en suerte, de haber derramado a su alrededor el oro para enjugar lágrimas, después de regalar su esmeralda favorita para distraer a alguien, que no la quiere, de un sufrimiento de un instante?… ¿Después de haber llorado por los dolores ajenos, de haber llevado su piedad hasta querer a los animales humildes? Si existe, si es la bondad suprema, ¿por qué la mata asÃ, a los veintitrés años antes de vivir y cuando quiere vivir?… ¿Dónde está el buen Dios, el Padre Eterno de las criaturas?… ¡Ah!, no existe. Spinoza, se lo ha enseñado, las lecturas cientÃficas, le han mostrado el universo como una eterna reunión de átomos, regida, desde los millones de soles que arden en el fondo del infinito hasta el centro misterioso de la conciencia humana, por leyes oscuras e inconmovibles, que no revelan una voluntad suprema tendiente al bien… sÃ, un torbellino de átomos en que las formas surgen, se acentúan, se llena, se deshacen para volver a la Tierra y renacer en otras formas que morirán a su vez arrastradas por la eterna corriente… No. Eso no puede ser. Ella no es atea, ella quiere creer, ella cree. La Biblia contiene las palabras que calman y confortan; los versos del Salmo XCI, «Te cubrirá con sus alas poderosas; en seguridad estarás bajo su abrigo», le cantan en la memoria; el Salvador, con la cabeza aureolada y los brazos abiertos camina ahora sobre las agitadas olas negras del océano de sus pensamientos y dice las palabras suaves que le derraman en el alma una divina paz inefable: «Bienaventurados los que tengan hambre y sed de justicia porque ellos serán hartos…». Y desfalleciente ella de mÃstica emoción, mentalmente se prosterna a los pies del Divino Maestro…