De sobremesa
De sobremesa De la tarde de ayer sólo me quedan dos sensaciones, el puño de la camisa empapado en sangre y la orla negra de la carta; de la noche el ruido del tren al cruzar la sombra… A estas horas debe de haber muerto y la policía estará buscándome. Me hice inscribir en el registro del hotel con el nombre de Juan Simónides, griego, agente viajero, para despistarla… ¡Del estado en que estoy a la locura no hay más que un paso! Marinoni debe telegrafiarme hoy mismo y del hotel mandarán el telegrama a Whyl, donde voy a esconderme en una hostería a dos kilómetros del pueblecito.