De sobremesa
De sobremesa Esos serán los años de aprovechar los estudios previos, verificados por los sabios y los ingenieros que la recorrieron años antes pagados con mi oro. En aquellos climas que van desde el calor de Madagascar, en los hondos valles equinocciales, hasta el frío de Siberia, en los luminosos páramos donde blanquea la nieve perpetua, surgirán, incitados por mis agentes y estimulados por las primas de explotación, todos los cultivos que enriquecen, desde el banano cantado por Bello en su oda divina hasta los líquenes que cubren las glaciales rocas polares; todas las crías de animales útiles desde los avestruces que pueblan las ardientes llanuras de África, hasta los rengíferos del polo. Innumerables rebaños pastarán en las fecundas dehesas, doblaránse bajo el peso de los racimos cárdenos, las ramas de los cafetos; en perspectivas regulares donde el ojo se pierde en el crepúsculo verde producido por la sombra del guamo protector, ágil trepará la vainilla por los troncos disformes de los cauchos, colgando de sus frágiles bejucos sus aromáticas urnas y en las serranías abruptas el platino y el oro, la plata y el iridio, brillarán ante los ojos del minero, tras de la excavación fatigosa y el complicado laboreo del mineral nativo.