De sobremesa
De sobremesa —¿Yo, sueño?… no; estoy un poco cansado. Pero suponte, Juan —siguió, clavando en Rovira los ojos pequeños y penetrantes, que por un hábito profesional observan siempre la fisonomÃa del interlocutor como buscando en ella el sÃntoma o la expresión de una oculta dolencia—, suponte que paso la semana entera en las salas frÃas del hospital y en las alcobas donde sufren tantos enfermos incurables; veo allà todas las angustias, todas las miserias de la debilidad y del dolor humano en sus formas más tristes y más repugnantes; respiro olores nauseabundos de desaseo, de descomposición y de muerte; no visito a nadie y los sábados entro aquà a encontrar el comedor iluminado a giorno por treinta bujÃas diáfanas y perfumado por la profusión de flores raras que cubren la mesa y desbordan, multicolores, húmedas y frescas, de los jarrones de cristal de Murano; el brillo mate de la vieja vajilla de plata marcada con las armas de los Fernández de Sotomayor; las frágiles porcelanas decoradas a mano por artistas insignes; los cubiertos que parecen joyas; los manjares delicados, el rubio jerez añejo, el johanissberg seco, los burdeos y los borgoñas que han dormido treinta años en el fondo de la bodega; los sorbetes helados a la rusa, el tokay con sabores de miel, todos los refinamientos de esas comidas de los sábados, y luego, en el ambiente suntuoso de este cuarto, el café aromático como una esencia, los puros riquÃsimos y los cigarrillos egipcios que perfuman el aire… Junta a la impresión de todos esos detalles materiales, la que me causa a mÃ, acostumbrado a ver moribundos, el exceso de vigor fÃsico y la superabundancia de vida de este hombrón —dijo señalando a Fernández— que se sonrió con una expresión de triunfo, junta a eso con mis quehaceres habituales y con el ambiente mezquino y prosaico en que vivo y comprenderá mi silencio cuando estoy aquÃ. Por eso me callo, y por otras cosas también…
