De sobremesa
De sobremesa No me habrÃa atrevido a verle la cara al dÃa siguiente. A la madrugada llamé al criado que habÃa venido de ParÃs con mi equipaje, le di órdenes para venirme a buscar aquÃ, y al llegar unas horas más tarde al hotel me acosté y tomé una violenta dosis de opio. Bajo su influencia estuve cuarenta y ocho horas. Al asomarme al espejo ayer para vestirme me he quedado aterrado de mi semblante. Es el de un bandido que no hubiera comido en diez dÃas; represento cuarenta años; los ojos apagados y hundidos en las ojeras violáceas, la piel apergaminada y marchita. Tengo la voz trémula y vacilante el paso. Las visiones que me produjo el opio fueron aterradoras, pero no creà nunca que los estragos de la noche de orgÃa y de la droga venenosa me dejaran en la postración en que me siento…
El delirio de la abuelita moribunda, la locura a lo lejos. ¡Dios mÃo! ¡Dios mÃo! ¡Dios de mi infancia, si existes, sálvame!… ¿Dónde están la señal de cruz y el ramo de rosas blancas que caerán en mi noche como sÃmbolo de salvación?…