De sobremesa
De sobremesa Lentamente, mientras examinaba yo la extraña figura del hombre, se quitó ella los guantes de Suecia y se frotó las manos, dos manecitas largas y pálidas de dedos afilados como los de Ana de Austria en el retrato de Rubens, con que se echó para atrás los bucles de la suelta cabellera castaña, rizosa y sedeña que donde la luz la hería de frente tenía visos de oro. La voz argentina y fresca sonó entonces discutiendo los platos de la comida…
—Para ti vino del Rhin y queso, ¿no, papá? —decía—, para mí leche y fresas…
El hombre, que podría tener cincuenta años, pero con la cabeza y la barba blancas de canas como un anciano, la miraba con dulzura paternal, que hacía más extraño contraste con la expresión dolorosa de las líneas de su fisonomía fina de noble o de artista, admirablemente modelada y cuya distinción aumentaban los cabellos crespos y la fina barba blanca cortada en punta y el verde desteñido de sus ojos apasionados.
—Vas a comer sola —le dijo— estoy ansioso por leer los detalles, y colocó sobre la mesa, doblado a lo largo un periódico impreso en caracteres alemanes…
—Lee —contestóle ella, acercando el candelabro para que la luz cayera sobre la hoja.