La riqueza de las naciones
La riqueza de las naciones Si se comprobase que es impracticable para Gran Bretaña el conseguir un aumento apreciable de los ingresos a partir de ninguno de los recursos antes mencionados, entonces la única alternativa que le queda es disminuir sus gastos. En la forma de recaudar y en la de gastar el ingreso público, aunque ambas pueden ser mejoradas, Gran Bretaña es al menos tan eficiente como cualquiera de las naciones vecinas. La administración militar que mantiene para su propia defensa en tiempos de paz es más modesta que la de ningún otro estado europeo que pueda pretender rivalizar con ella en riqueza o poder. Ninguno de esos campos, por lo tanto, admite una reducción considerable del gasto. El gasto de la administración de las colonias en tiempos de paz era, antes del inicio de los presentes disturbios, muy notable y es un gasto que ciertamente debería ser eliminado totalmente si no se puede obtener de ellas ingreso alguno. Este gasto permanente en épocas de paz, aunque es muy abultado, es insignificante en comparación con lo que nos ha costado la defensa de las colonias en épocas de guerra. La última guerra, acometida exclusivamente a causa de las colonias, costó a Gran Bretaña más de noventa millones, como ya ha sido indicado. La guerra con España de 1739 fue emprendida principalmente a causa de las colonias; en ella y en la guerra con Francia, que fue su consecuencia, Gran Bretaña gastó más de cuarenta millones, una gran parte de las cuales sería justo cargar a las colonias. En esas dos guerras las colonias costaron a Gran Bretaña mucho más del doble de lo que era la deuda pública al comienzo de la primera de ellas. De no haber sido por dichas guerras la deuda podría haber estado y probablemente de hecho estaría hoy completamente pagada; y de no haber sido por las colonias la primera de esas guerras podría no haber sido declarada y la segunda con toda seguridad no lo habría sido. Todo este gasto fue desembolsado porque se suponía que las colonias eran provincias del imperio británico. Pero unas regiones que no aportan ni ingresos ni fuerza militar para apoyar al imperio no pueden ser consideradas como provincias. Quizás puedan ser consideradas como apéndices, como una suerte de equipo imperial, espléndido y ostentoso. Pero si el imperio no puede hacer frente al gasto de mantener ese equipo debería prescindir de él; y si no puede aumentar su ingreso en proporción a su gasto, al menos debería ajustar su gasto a su ingreso. Si las colonias, a pesar de su rechazo a someterse a los impuestos británicos, han de seguir siendo consideradas como provincias del imperio británico, su defensa en una guerra futura podrá costarle a Gran Bretaña tanto como jamás le costó en guerra alguna en el pasado. Durante más de un siglo, los gobernantes de Gran Bretaña han entretenido al pueblo con la fantasía de que poseía un vasto imperio en la orilla oeste del Atlántico. Pero este imperio ha existido hasta hoy sólo en la imaginación. Hasta hoy no ha sido un imperio sino un proyecto de imperio; no una mina de oro sino el proyecto de una mina de oro; un proyecto que ha costado, cuesta, y si continúa como hasta ahora probablemente costará una suma inmensa sin probabilidad alguna de generar ningún beneficio, porque los efectos del monopolio del comercio colonial, como se ha demostrado, son para el grueso de la población una pura pérdida en vez de un beneficio. Evidentemente ya es hora de que nuestros gobernantes hagan realidad ese sueño dorado al que quizás se han entregado tanto como el pueblo, o que despierten del sueño ellos mismos y procuren despertar al pueblo. Si el proyecto no puede ser llevado a cabo, entonces debe ser abandonado. Si no se puede lograr que cualquier provincia del imperio británico contribuya al sostenimiento de todo el imperio, está claro que ha llegado el momento de que Gran Bretaña se libere del gasto de defender a esas provincias en tiempos de guerra y de sostener cualquier parte de sus gobiernos civiles o militares en tiempos de paz, y que en el futuro procure ajustar sus ideas y sus planes a la mediocridad real de sus circunstancias.