La riqueza de las naciones

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En la antigüedad, cuando no existían esas caridades para formar a indigentes en las profesiones ilustradas, las remuneraciones de los profesores eminentes eran muy elevadas. Isócrates, en lo que se llama su discurso contra los sofistas, acusa de incoherencia a los profesores de su época. «Hacen a sus estudiantes magníficas promesas», sostiene, «y les enseñan a ser sabios, felices y justos, y a cambio de un servicio tan relevante estipulan la magra retribución de cuatro o cinco minas. Los que enseñan sabiduría», continúa, «deberían realmente ser sabios; pero si cualquier hombre ofreciera ese trato por ese precio, sería con seguridad reo de la estupidez más evidente». Es claro que no pretendía exagerar la remuneración y podemos estar seguros de que no era menor de lo que dice. Cuatro minas equivalían a trece libras, seis chelines y ocho peniques; cinco minas a dieciséis libras, trece chelines y cuatro peniques. Por lo tanto, una suma no más pequeña que la mayor de ellas debía ser entonces lo que se pagaba normalmente a los profesores más distinguidos de Atenas. Isócrates mismo pedía a cada estudiante diez minas, o treinta y tres libras, seis chelines y ocho peniques. Se dice que cuando enseñó en Atenas tenía cien discípulos. Pienso que tal era el número de los que enseñaba al mismo tiempo, o que acudían a lo que podríamos llamar un curso de lecciones, un número que no parece extraordinario para una ciudad tan grande y un maestro tan famoso, que además enseñaba la ciencia que en aquellos tiempos estaba más en boga, la retórica. Por cada curso, entonces, debía cobrar unas mil minas, o tres mil trescientas treinta y tres libras, seis chelines y ocho peniques. Plutarco nos dice en otro lugar que mil minas era su Didactron, o el precio habitual de sus enseñanzas. Muchos otros grandes profesores de la época amasaron cuantiosas fortunas. Gorgias regaló al templo de Delfos su propia estatua en oro puro, aunque no creo que debamos suponer que era de tamaño natural. Su estilo de vida, como el de Hipias y Protágoras, otros dos eminentes profesores de la época, es descrito por Platón como espléndido e incluso ostentoso. Se dice que el propio Platón vivió magníficamente. Aristóteles, después de haber sido tutor de Alejandro y haber sido, como es universalmente reconocido, magníficamente remunerado por él y por su padre Filipo, decidió a pesar de todo que le convenía volver a Atenas y reanudar sus enseñanzas en su escuela. Los profesores de ciencias eran entonces probablemente menos comunes de lo que llegarían a ser una o dos generaciones después, cuando la competencia probablemente redujo tanto el precio de su trabajo como la admiración por sus personas. Los más relevantes, de todas maneras, disfrutaron siempre de una consideración muy superior a la de cualquiera de sus semejantes en la actualidad. Los atenienses enviaron a Carneades el académico y a Diógenes el estoico en solemne embajada a Roma; aunque su ciudad había declinado entonces desde su antiguo esplendor, era todavía una república independiente y respetable. Carneades, además, era babilonio por nacimiento, y dado que nunca hubo gente más cerrada que los atenienses a la admisión de extranjeros en cargos públicos, la consideración que le tenían debió ser muy grande.


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