La riqueza de las naciones
La riqueza de las naciones La diferente calidad de la tierra afecta a la vid más que a ninguna otra fruta. De algunas deriva un aroma que supuestamente ningún cultivo ni manejo podrá conseguir en ninguna otra. Este aroma, real o imaginario, es a veces peculiar de la producción de unos pocos viñedos, otras veces se extiende a lo largo de un pequeño distrito, y otras a través de una extensa provincia. La cantidad total de vinos de ese origen que llega al mercado es menor que la demanda efectiva, es decir, la demanda de los que están dispuestos a pagar toda la renta, el beneficio y los salarios necesarios para prepararlos y traerlos al mercado a su tasa corriente, la tasa pagada en los viñedos comunes. Por ello, la cantidad se vende a los que están dispuestos a pagar más, lo que inevitablemente aumenta el precio por encima del precio del vino común. La diferencia será mayor o menor según que la moda y la escasez del vino vuelvan a la competencia de los compradores más o menos intensa. Sea como fuere, la mayor parte de la misma termina en la renta del propietario. Aunque esos viñedos están en general mejor cultivados que los otros, el alto precio del vino no es tanto el efecto de ese cultivo más cuidado, sino la causa. En una producción tan valiosa la pérdida ocasionada por la negligencia es tan abultada que hasta los más descuidados prestan atención. Una pequeña parte de ese precio alto, por lo tanto, es suficiente para pagar los salarios del trabajo extra incorporado en su cultivo y los beneficios del capital extra que pone a ese trabajo en acción. Las colonias azucareras de las naciones europeas en las Indias Occidentales pueden ser comparadas con esos valiosos viñedos. Su producción total es inferior a la demanda efectiva de Europa, y se vende a aquellos que están dispuestos a pagar más de lo que es suficiente para pagar la renta, el beneficio y los salarios necesarios para prepararla y traerla al mercado, con arreglo a las tasas que suelen pagarse en los demás productos. En la Cochinchina, según refiere el Sr. Poivre, un observador muy atento de la agricultura de ese paÃs, el azúcar blanco de la mejor calidad se vende normalmente a tres piastras el quintal, o unos trece chelines y seis peniques en nuestra moneda. Lo que se llama allà quintal pesa entre ciento cincuenta y doscientas libras de ParÃs, o un promedio de ciento setenta y cinco libras de ParÃs, lo que reduce el precio del quintal inglés a unos ocho chelines esterlinos, que no llega ni a la cuarta parte de lo que se paga habitualmente por los azúcares morenos o mascabados importados de nuestras colonias, ni a la sexta parte de lo que se paga por el mejor azúcar blanco. El grueso del área cultivada en la Cochinchina se dedica a los cereales y el arroz, el alimento de la mayorÃa del pueblo. Los precios respectivos del cereal, el arroz y el azúcar están allà probablemente en la proporción natural, o en aquella que se establece naturalmente entre las diversas cosechas de la mayor parte de la superficie cultivada, y que recompensan al propietario y al granjero, hasta donde es posible determinarlo, de acuerdo a lo que normalmente es el gasto original en mejoras y el gasto anual en los cultivos. Pero en nuestras colonias azucareras el precio del azúcar no guarda ninguna proporción de ese tipo con el precio de la producción de un campo de arroz o cereales ni en Europa ni en América. Se dice habitualmente que un plantador de caña compensa sus costes de cultivo con el ron y las melazas, y que todo el azúcar es el beneficio neto. Si esto fuese cierto, y no pretendo afirmar que lo sea, serÃa como si un granjero que cultiva cereales pudiese sufragar los gastos del cultivo con las granzas y la paja, y le quedase el grano como ganancia neta. Es frecuente que sociedades de comerciantes de Londres y otras ciudades adquieran tierras vÃrgenes en nuestras colonias azucareras, que esperan mejorar y cultivar con beneficio valiéndose de administradores y agentes; y ello a pesar de la gran distancia y la incierta rentabilidad debida al deficiente funcionamiento de la justicia en esos territorios. Nadie intentarÃa mejorar y cultivar en la misma forma las tierras más fértiles de Escocia, Irlanda o las provincias cerealeras de América del Norte, a pesar de que allÃ, por la más satisfactoria acción de la justicia, se pueden esperar rendimientos más estables.